Colaboración Epónimo x María Guadalupe Calleja Ceseña
Una mirada sincera a la cultura de San José desde los ojos de una josefina orgullosa de su tierra y profundamente enamorada de su esencia real.
Hay cosas que me emocionan en la vida como leer libros viejos, ver un amanecer o ir a la orilla del mar, nomás por el gusto de quedarme sentada, camelando lejos. Pero hay algo que tiene un lugar aún más especial: nuestra cultura josefina.
Porque mi —ya no tan pequeño— hogar es cuna de historia, naturaleza inspiradora, gente bonita y también de identidad.
No es mi apellido, ni mi acta de nacimiento; tampoco son las calles sencillas y llenas de vida que me vieron crecer, sino esa esencia maciza que, de alguna manera, se quedó impregnada en mi alma.
Quizás fue en las incontables tardes pasadas “en que” mi nana, las historias añejadas en la boca de mi tata, enmarcadas por su barba despeinada llena de zurrapas, o tal vez fue en esas visitas en las que me iba de colada a los ranchos cercanos, entre el mitote de la plebada, o en esas idas a las casas chaparras que nunca te dejan arrendarte con las manos vacías.
Posiblemente fue en el recuerdo de la carrilla desmedida compartida con la palomilla, o en la masa con olor a naranja amarga de los chimangos, y en los buñuelos amasados con ingundia por las manos cariñosas de mis tías.
A lo mejor fue el trinar de la hornilla que a veces meneaba ollas cocido, menudo, tamales o caldos de pescado y marisco. Puede que la haya pepenado al morder una torta mayonesuda, una tortilla de harina, acomañada con un bonche de machaca, pollo o pescado; o cuando chiroteaba entre las matas de monte y regresaba enhuizapolada.
Para no ser tan larga ni dejarte las orejas acatarradas, quizás pasó al ver las entremancias de algún techo tejido con palma o porque sigo terminando insultada cuando se trata de pitayas, mangos y caribes; ciruelas de monte, melcocha y té de damiana.
No sé cuándo y no sé cómo, pero para nadie es un secreto que soy fiel apasionada de este cachito de mi tierra calisureña que se embarbasca en el corazón de cualquiera que tenga la fortuna de, en verdad, conocerla, cuidarla y quererla.
Porque aquí no pesa recibir con bondad y una sonrisa al que va de pasada, ni dar de lo que tienes, incluso cuando no le conoces; en mi querido San José del Cabo, la inspiración para la cocina, la música, el deporte y cualquier tipo de arte se encuentra en cada rincón, incluyendo esta pequeña carta de amor.
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